Wagner

El hombre que combinó todas las formas de lucha

Nos enteramos por los comentaristas de la época en que vivió Richard Wagner que la recomendación general era: “no le dejes tu mujer ni le prestes dinero porque los vas a perder a ambos”. Pues bien, Wagner a parte de ser un músico genial, como persona se valía de los métodos que fueran necesarios para conseguir lo que quería. Fue así como se financió por décadas con los recursos de los judíos más ricos de Europa -a quienes detestaba y nunca les pagó-, los ingresos de algunos de sus músicos, el tesoro de la Casa Real de Baviera, donde Luis II hacía lo que el compositor dispusiera: esto permitió que se construyera la Villa Wagner y el magnífico teatro de Bayreuth, donde se realiza el festival dedicado en exclusivo a sus óperas. En Señal Clásica los invitamos a conocer un poco más de la vida de Wagner. A continuación, su historia.

El extraordinario y polifacético Richard Wagner (1813-1883) fue no solo compositor, director de orquesta y de teatro, sino además gran transformador de la música del siglo XIX y visionario de la música del futuro (que hoy denominamos contemporánea). Sus óperas y su accidentada vida lo han hecho universalmente famoso.

Richard Wagner tuvo una vida excepcional, en gran medida porque nunca observó limites para sus ambiciones ni para su arte (pues así llamaba al conjunto de su obra musical). De niño mostró tan poco talento para la música que fue al único miembro de su familia a quien no le enseñaron a tocar el piano a temprana edad. Sin embargo, no contaban con que el genial y oscuro Richard se enseñaría a tocar el piano a partir de una partitura de Von Weber: “Die Freischütz” o “El Cazador Furtivo”.

Desde ese momento, la música se hizo parte central de su vida. A los 20 años, Wagner ya era director de coro en Würzberg y aprovechó su estancia allí para componer su primera ópera “Die Feen” (Las Hadas) en 1833. Su pluma frenética no se iba a detener ante nada: en 1840 escribió “Rienzi” (en estilo italiano), y posteriormente, “El Holandés Errante” en 1843 y “Tannhäuser” en 1845.

Sin embargo, la obra más importante de su vida y por la que es mayormente recordado “El anillo del Nibelungo” (hoy conocido como el “Ciclo del Anillo”) le iba a tomar 26 años en total. Años de exilio, tribulaciones, depresiones, infidelidades, deudas, peleas y revoluciones van a mantener a Wagner ocupado en los más diversos asuntos hasta que un encuentro de epifanía con el Rey Luis II de Baviera le va a permitir salir de todos sus problemas (la mayoría económicos) y le va a dar una estabilidad de lujos y excesos, gracias a la cual pudo terminar el célebre ciclo en 1876.

Durante los años menos afortunados, Wagner compondría otras obras igualmente maravillosas y revolucionarias: en 1859 el mundo vería el nacimiento de “Tristán e Isolda” su obra de arte total que surgió como respuesta al apasionado romance que vivió con la esposa de uno de sus más cercanos mecenas, los Wesendonck. En 1868 terminaría “Los Maestros Cantores de Nuremberg”, una de sus óperas más largas solo comparable al ciclo completo del Anillo.

En su incomparable viaje por el misticismo y las mitologías nórdica y germánica, Wagner encontraría múltiples héroes como Lohengrin (1850) y Parsifal (1882). A ambos dedicó sendas óperas, siendo Parsifal la última obra que escribió antes de morir en 1883. Richard Wagner a pesar de haber tenido una vida tan accidentada y polémica -era considerado anarquista y furioso antijudío- fue honrado en sus funerales casi como jefe de Estado, Papa o Emperador, lo que nos indica que su obra de arte total, su legado sobre pasó cualquier otro detalle no artístico. Los restos de Wagner reposan bajo la gloria inmortal de su música y las cenizas de su esposa Cósima Liszt en su villa de Bayreuth, donde el Festival fundado por el gran compositor aún se realiza anualmente.

Texto escrito para Señal Clásica por Felipe Clavijo Ospina.